
Anna Corbella en Salvador Bahia.
© Eva Zendrera
El hito marcado por Anna Corbella al ser la primera mujer española en realizar una regata transatlántica en solitario tiene que servir para animar a otras a lanzarse al océano. Las últimas tres décadas han visto como las mujeres han ido derrumbando tópicos y reafirmando las cualidades de la vela oceánica como un deporte en el que saber jugar con todos los factores es determinante para el éxito.
Al llegar a Salvador Bahía y poner pie en tierra, ya convertida en la primera mujer española en navegar una regata transatlántica en solitario, Anna Corbella no mostró un entusiasmo especial en ostentar este título. Anna, con la sencillez y simpatía que la caracteriza, fue un paso más allá: “No me importa demasiado ser la primera española en atravesar el Atlántico en solitario, lo que me gustaría es que esto sirva para animar a otras mujeres a hacerlo, pues tenemos el mismo potencial que los hombres”.
Esto es bastante evidente, después de haber visto los resultados de muchas de las últimas regatas oceánicas en la que han participado mujeres en solitario y en doble. Sin embargo, es conveniente admitir que esta evidencia ha tardado en confirmarse entre la opinión pública y me vienen a la cabeza las opiniones y comentarios que en las últimas tres décadas de espectacular evolución de la vela oceánica han suscitado los éxitos femeninos.
A través del escepticismo
La primera mujer que tuvo resonancia mediática fue Claire Francis en la OSTAR de 1976. Con un barco de 38 pies acabó decimotercera, estableciendo un récord femenino del Atlántico en el sentido este - oeste. Se habló mucho más de Claire cuando lideró el Swan 65 ADC Accutrac en la Whitbread de 1977/78, realizando una magnífica regata “sólo” con dos mujeres más en su tripulación. El mundo de la vela y los medios náuticos veían con simpatía y bastante condescendencia la presencia de mujeres en las regatas oceánicas. No encontró la misma simpatía Tracy Edwards y su Maiden tripulado exclusivamente por mujeres en la Whitbread de 1989/90. Su proyecto causó escepticismo general e incluso algunos periodistas la acusaron de irresponsable, apareciendo artículos acusándola de poner en peligro las vidas de sus compañeras. Tracy ganó dos etapas en su clase y acabó segunda en la general de la misma. Fue aclamada por 50.000 personas en su llegada a Southampton. Los tópicos comenzaron a derrumbarse, aunque la opinión generalizada era “pero de esto a ganar una regata...”
Y llegó Florence Arthaud conmocionando el mundo de la competición al batir el récord en solitario del Atlántico Norte, de este a oeste, dejándolo en nueve días, 21 horas y 42 minutos. Esto significó casi dos días menos que el tiempo que ostentaba Bruno Peyron. Florence saltó a los titulares internacionales, especialmente a los franceses y un sector de cuya prensa la calificó de “Novia del Atlántico”, un apelativo cursi y con connotaciones machistas que afortunadamente duró poco.
En 1991 Isabelle Autissier terminó séptima en BOC Challenge, a pesar de desarbolar en la segunda etapa y se convirtió en la primera mujer en dar la vuelta al mundo en solitario. En 1996, Isabelle Autissier y Catherine Chabaud se plantaron en la salida de la Vendée Globe que hasta entonces sólo había registrado inscritos masculinos. Isabelle tuvo que abandonar por una avería en timón, pero Catherine acabó la regata convirtiéndose en la primera mujer en dar la vuelta al mundo en solitario y sin escalas. Ya nadie discutió la presencia de mujeres en las más duras pruebas oceánicas.
Tópicos definitivamente derrumbados
Muchos compañeros navegantes reconocen que hace diez años no se acababan de creer que las mujeres podían igual a los hombres en una regata oceánica. Los argumentos eran los de siempre: la falta de fuerza física, la menor resolución a la hora de enfrentarse a los peligros y algunos más sobre la supuesta inferioridad del “sexo débil” a la hora de enfrentarse al océano. Ellen MacArthur se encargó de demostrar que todos ellos eran meros tópicos al quedar segunda en la Vendée Globe, después de mantener en jaque nada menos que a Michel Desjoyeaux y ser la única persona que ha cometido la “insolencia” de recuperarle al professeur nada menos que 620 millas, como hizo Ellen desde Hornos a los Doldrums. La remontada de la menuda navegante de 24 años fue seguida con caracteres de primicia por todos los medios y el propio Primer Ministro, Tony Blair, se pasaba buen parte de las noches colgado de Internet atento a la progresión de su compatriota. Finalmente un bidón flotante arrancó una orza del Kingfisher y Ellen acabó segunda. La gesta de la menuda británica hizo enmudecer a quienes habían visto con escepticismo el barco “afeminado” de Ellen: un coffee en la bañera - el primero en un IMOCA Open 60 -, un plano vélico algo más reducido - un sabio consejo de Alain Gautier - y la fiabilidad y la maniobrabilidad por encima de todo en la concepción del barco. Factores que Ellen acabada de demostrar que en vela oceánica eran tan determinantes de la victoria como la búsqueda de la máxima potencia. Los siguientes récords de la inglesa a través del Atlántico y alrededor del mundo lo reafirmaron.
En la Clase Mini se vivió una situación parecida en la Mini-Transat de 2007, cuando en la primera etapa Isabelle Joshcke arrasó navegando de La Rochelle a Funchal en 5 días, 15 horas y 33 minutos, aunque no pudo ganar la regata pues una avería en el botalón en la segunda etapa la relegó a los últimos lugares. Yves Le Blévec, el ganador final de la regata declaró en Funchal: “Isabelle ha sido inalcanzable. Estoy impresionado pues he ido a la máxima velocidad que he podido, pero ella ha acertado en la táctica en cada bordada y ha gobernado con una precisión increíble. Ha realizado una primera etapa digna de pasar a la historia de la navegación oceánica”.
De eso se trata: acertar en la táctica y navegar con precisión; y aquí no hace falta fuerza ni agresividad masculina., Michèle Paret, Servane Escoffier, Samantha Davies y Dee Caffari nos lo han demostrado en las pasadas Barcelona World Race y Vendée Globe. Anna Corbella nos recuerda esta idea cuando afirma: “La regata oceánica es un deporte en el que saber jugar con los múltiples factores es básico para la victoria. Las mujeres tenemos menos fuerza física, pero esto nos obliga a calcular bien todos los movimientos, a no equivocarnos y a no malgastar las fuerzas y esto de hecho muy beneficioso y equilibra la balanza frente a los hombres”.
Santi Serrat
sserrat@fnob.org
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